domingo, 2 de noviembre de 2008

TRIBUNA de OPINIÓN

El Cazador Cazado

La caza es el segundo deporte que más federados tiene en nuestro país. Un total de más de 421.000 licencias que, en estas fechas, escopeta en mano se lanzan al campo en busca de la tan preciada pieza. Nunca entenderé este deporte. Una práctica que priva de vida a inofensivos seres, no puede llevar la etiqueta de “deporte”.

No comprendo los valores que ensalzan muchos cazadores que deseosos esperan el fin de la veda. Compañerismo, almuerzos o largas caminatas son las excusas, pero el fin es matar. Para disfrutar de los amigos, de los almuerzos o de los paseos no hace falta salir de caza, tan sólo tenemos que apuntarnos a un club de senderismo. Cuando los cazadores se autocalifican como grandes defensores de la naturaleza monto en cólera. No puedo, ni quiero, entender como alguien cuyo propósito es reventar la cabeza a un ingenuo conejo o de un imponente ciervo puede definirse como defensor de nuestro medio ambiente, muy a pesar de que sean especies cinegéticas. Yo disfruto del medio ambiente sin necesidad de mutilar animales que adornen las paredes de mi casa.

Si bien es cierto que el hombre ocupa el escalafón más alto de la pirámide trófica y, como animal omnívoro, tiene que matar para poder alimentarse, el cazador no mata para comer, lo hace por afición. No encuentro razón de ser a este deporte, como tampoco se lo encuentro a otros tan denigrantes y deplorables como el boxeo.


El otro día oí esta noticia en televisión que, amparada por el amarillismo que infecta a nuestros medios, relataba como una osa había atacado a un pobre ancianito de 72 años. Algunas autoridades se apresuraron, como si Hvala fuese el principal peligro de este país, a exigir la retirada de la decena de osos reintroducidos, porque nosotros nos cargamos a los autóctonos, que hay en el Valle de Arán. ¡Ignorantes! Curiosamente el encantador ancianito se encontraba practicando deporte; estaba cazando. Armado con su escopeta y en busca de un jabalí al que acribillar a balazos, el destino quiso que se topase con la osa. Como es muy común en nuestros medios, la mayoría de ellos se quedaron en la superficial y no profundizaron en los acontecimientos, amparándose sólo en la declaración de la pobre víctima, aunque que hubo otros, menos mediáticos, que sí lo hicieron. Y ahora, yo me pongo en el lugar de la osa. Yo tranquilo, descansando en mi parcelita y, de repente, mi paz turbada por un asesino armado y, posiblemente, disparando,... Yo también le habría pegado un zarpazo, o dos. El cazador cazado, qué paradoja.

David Sánchez Sáez

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