El profundo cambio paisajístico producido y el fuerte déficit de madera con el que, entre otros, construir navíos, obligó a los Reyes Católicos y, posteriormente, a Carlos V a llevar a cabo una intensa política reforestadora, tan carente en la actualidad. El problema era que la encina es una especie de crecimiento lento y, por tanto, de baja productividad lo que les llevó a plantar otras de desarrollo más vivaz, caso del Pino piñonero y el Pino resinero, los cuales nos han acompañado hasta nuestros días.

El pinar es un símbolo de La Moraña, sobre todo en el Interfluvio Adaja-Arevalillo, y siempre ha sido fuente de aprovechamiento para el hombre. Un escrupuloso y metódico modelo de ordenación forestal permite a los Montes Públicos proporcionar madera y leña, a la vez que se asegura el sostenimiento de la masa pinariega. A ello se le une la recolección de piñas y piñones, la resinación o el pastoreo, sin olvidarnos de los memorables ratos de ocio que, a lo largo de nuestra vida, nos ha brindado, bien sea practicando la micología o el senderismo o disfrutando de una apacible merienda primaveral.
Por desgracia, hoy volvemos la espalda a nuestro monte y menospreciamos la delicada sutileza con la que, sin darnos cuenta, nos atrapa. La errónea concepción de lo común que merodea entre muchos de nosotros hace que nuestros pinares estén tristes. Estén tristes por las basuras que se amontonan, los animales que desaparecen, los incongruentes proyectos que surgen en torno a él y que, al igual que la burbuja inmobiliaria, se desinflarán virulentamente.
Nuestros bosques y pinares son parte de nuestro patrimonio, son parte de nuestra tierra, de nuestra frágil identidad, de nuestras vidas. Ahora que llega la época de setas y nos lanzamos en busca del preciado níscalo, comencemos a ser respetuosos con el monte y avancemos hacia el civismo ambiental que las futuras generaciones de morañegos han de heredar.
David Sánchez Sáez, Geógrafo / fotografía: V. Coello